La suerte de la mujer es la suerte de la sociedad entera

¿Qué es el maltrato?

La violencia contra las mujeres es una sangrante realidad. Una realidad que se manifiesta en los malos tratos físicos y con la muerte de mujeres en manos de hombres que son o han sido su pareja. Pero hay otras expresiones de esa violencia no menos real, aunque sea menos visible socialmente, es la opresión que se ejerce en muchos casos en forma de un control obsesivo que impide que la vida de la pareja se desarrolle con unos márgenes razonables de autonomía de ambas personas. No pocas veces acaba desembocando en la violencia física, una violencia que es consecuencia de ideas y actitudes de posesión y dominación sobre la otra persona. Vemos como factores estructurales tales como las discriminaciones económicas y laborales sirven de marco favorecedor, impidiendo que aquellas mujeres en situación de vulnerabilidad estén realmente protegidas.

La lacra social de la violencia contra las mujeres tiene su mejor antídoto en el reconocimiento de la igual dignidad de todas las personas, hombres y mujeres. El hombre y la mujer tienen exactamente la misma dignidad. Para conseguir una sociedad plena e igualitaria, es imprescindible sacar a las mujeres del papel secundario que se les asigna, para contribuir así, de un modo positivo, a un mundo más justo y agradable. La mujer debe tener presencia en todos los ámbitos del trabajo y de la vida política, asimismo, el reparto de las tareas del hogar debe ser una realidad, no una asignatura pendiente. La mujer de hoy toma su vida profesional realmente en serio, aceptando responsabilidades de mayor envergadura. Las mujeres de hoy hemos de afirmar consciente y decididamente la diversidad, a descubrir, aceptar y desarrollar los propios talentos, no convertirnos en simples imitadoras de los roles masculinos, la suma de ambas perspectivas es necesaria y enriquecedora

Es fundamental la prevención y erradicación de toda forma de violencia contra las mujeres, ofreciendo medios de acogida y apoyo a las víctimas y, sobre todo, educando la conciencia social con valores que lleven a un cambio y acaben con las mentalidades dominantes y explotadoras, más frecuentes de lo que se piensa, incluso entre personas con altos niveles de formación. Es necesaria una educación afectiva para entender que amar supone cuidado por la vida y el crecimiento de quien se ama, nada que ver con dominación o posesión, sino un absoluto respeto a que la otra persona crezca y se desarrolle tal como es, ejercitando su libertad. El reconocimiento de los derechos y deberes en clave de reciprocidad.

Con la colaboración de